El paisaje y los volcánes de México

María Guadalupe Ruiz Martínez

   

Mario Almela y su perpetuo idilio con el paisaje

 

Complemento indispensable en los cuadros de historia, fondo o lejos de retratos y de escenas religiosas y mitológicas, el paisaje desempeñó durante largo tiempo un papel secundario dentro de la obra de arte. Fue en el siglo XVII cuando alcanzó la cualidad de género independiente, gracias a los artistas del norte de Europa —en especial los holandeses— que lo trajeron a los primeros planos de sus dibujos, estampas, óleos y temples, otorgándole así el carácter protagónico que hasta ahora conserva.

En su itinerario, el paisaje reprodujo de manera puntual espacios que permitieron al espectador encontrarse con geografías lejanas y desconocidas; la minuciosidad y exactitud con que algunos artistas plasmaron las formas de la naturaleza hicieron de este género un auxiliar indispensable en la investigación científica y cuando el Romanticismo —y los movimientos que de él derivaron— impregnaron la cultura decimonónica, el paisaje fue metáfora y vehículo a través del cual ideas y sentimientos pudieron transformarse en materia visible.

La tradición del paisaje académico en nuestro país se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, y está íntimamente ligada a las enseñanzas que el maestro italiano Eugenio Landesio vertió en las aulas de la Academia de San Carlos, donde tuvo como alumno destacado a José María Velasco. Artífice emblemático del paisaje mexicano, Velasco fue testigo de las turbulencias políticas y culturales que marcaron el inicio del siglo XX en México, y que tuvieron como una de sus múltiples consecuencias la diversidad de rumbos hacia los cuales se encaminó el quehacer artístico nacional.

La lista de paisajistas mexicanos incluye a personalidades tan disímiles como Rufino Tarnayo, Alfonso Michei, María Izquierdo, Manuel Rodríguez Lozano, Cordelia Urueta y Carlos Orozco Romero, El género que tan tarde se acomodó en nuestra tradición creadora, se enriqueció con la obra de Gerardo Murillo, la luminosidad de Joaquín Clausell, el simbolismo de Germán Gedovius, los paisajes cubistas de Diego Rivera y el incipiente nacionalismo de Saturnino Herrén.


En ese inventarío sin fin, la presencia de Mario Almela destaca de forma singular. En un medio donde la innovación parece premisa obligada (aún a costa de la calidad), Almela vuelve su mirada a los grandes maestros, aprende y se nutre de ellos para luego crear una obra definitivamente personal que, sin embargo, no niega la bondad de ciertas influencias.

La pincelada rápida y enérgica que se aprecia en sus lienzos, remite irremedia­blemente a la pintura impresionista, de la cual el artista ha elaborado su propia interpretación, en especial del tratamiento de la luz. En una suerte de magia, Almela atrapa ese fenómeno que desde tiempos remotos cautivó a la humanidad, y lo traslada magistralmente a las telas: la luz del amanecer, la del mediodía, el reflejo del sol cuando acaba de llover, la luz que ilumina los cuerpos y purifica el espíritu.

A diferencia de otros autores, la obra de Mario Almela no impone una tendencia ideológica ni tiene un objetivo moralizante. Su Intención es, sin más, brindar un placer estético. Sus paisajes son auténticos; evocan lugares y tiempos ya pasados pero también nos acercan a una cotidianidad que sigue vigente, aún cuando los habitantes de las urbes no la percibamos: las labores de los campesinos, el paseo por las orillas de las tierras cultivadas, las zambullidas en los ríos.

El maestro sale del taller y se deja seducir por los volcanes que se convierten en tema predilecto; los observa a distancia, asciende hasta sus cumbres y allí toca el cielo. Ese cielo que, en ocasiones apenas esbozado, aparece tímidamente al fondo del cuadro, mientras que en oirás su presencia, plena de cirros y cúmulos, conquista la mirada del público.

En cada trayecto, Almela llena sus ojos y su ánimo con los cielos, montes, campos, árboles y flores que más tarde quedarán plasmados en ios lienzos para deleite de quien los contemple, El Idilio entre Almela y la naturaleza es una historia de amor correspondido. Él la descifra y nos la traduce; ella, agradecida, le brinda su semblante más hermoso.

México, DF, octubre 2008